Apenas Rafael Juniors Solich entró al aula del 1° B del Polimodal que cursaba en la Escuela de Enseñanza Media N° 202 Islas Malvinas en Carmen de Patagones, demostró con un fuerte comentario dirigido a su compañera Talía Elizabeth Jaime que aquel martes 28 de setiembre de 2004 no sería un día más. Primero se sentó como de costumbre en su banco de la segunda fila contra la pared. Luego permaneció inmóvil unos minutos con la cabeza gacha. Hasta que no soportó más, se paró y comenzó a disparar tiros contra sus compañeros con la pistola Browning 9 milímetros de su padre, suboficial de Prefectura. Mató a tres e hirió a otros cinco. El reloj marcaba las 7.35 AM.
Solich ya venía furioso del día anterior, cuando su papá, Rafael Solich, salió del Museo de Prefectura donde prestaba servicio, y los pasó a buscar en el Renault 12 de la familia a él y a Fernando, su hermano. Ya en el hogar, les pidió que pusieran la mesa para almorzar.
Juniors no reaccionó muy bien a aquel pedido, por lo que su padre, se puso furioso, se encerró en su habitación unos minutos y luego salió a buscar a Ester Pangue, su mujer y madre de los chicos.
Una vez reunidos increpó a ambos jovenes, sobre todo, a Juniors quien debía hacerse cargo por ser el mayor, el padre ya esta harto de "semejante quilombo".
Tras idas y vueltas , además de casi irse a los golpes, sino fuera por la interrupción de su madre y hermano, la pelea llegó a su fin.
A eso de las ocho de la noche, su padre salió de la casa para llevar a su mamá al trabajo que realizaba como ayudante de cocina en un restaurante de Viedma. Fue en ese momento, en que Juniors aprovechó y entró a la pieza de sus padres, alzó sus brazos hacia lo alto del placard, tanteó la bolsa donde el suboficial guardaba la Browning, retiró el arma, tres cargadores completos de balas, y guardó todo en su mochila escolar. Luego, guardó la mochila debajo de la cama y acomodó en una silla el camperón camuflado que su padre ya no usaba y le quedaba grande. Detalle que le sería útil para la estrategia que había pensado.
A la medianoche, cuando su papá fue a buscar a su madre quien ya salía del restaurante, completó la tarea. Sacó del modular del living un cuchillo marca Andújar y en puntas de pie volvió a su cuarto.
A las 6.30 horas se levantó como si nada. Pasadas las 7 salió rumbo a la escuela para caminar las cinco cuadras que lo separaban de ella. A mitad de camino se detuvo y sacó el cuchillo de la mochila y lo colocó en uno de los amplios bolsillos internos de la campera. Lo mismo hizo con uno de los tres cargadores que llevaba.
Llegó a la escuela a las 7.25 en punto y se dirigió de inmediato al baño para rechequear todo de nuevo. Cuando salió se cruzó con la directora, Adriana Goicochea, quien le informó que era tarde y que se apurara para llegar a la formación. Cuando entró al aula ya había tomado la decisión de que iba a disparar contra todos. Talía, la compañera que le habló antes del desastre, justo salió para alcanzarle a una alumna de otro curso una lapicera y se quedó charlando con ella en la puerta del aula. Cuando giró para ir hacia su banco vio como Juniors manipulaba la pistola. Luego en poco más de 10 segundos disparó la Browning. Fue una ráfaga que vació las doce balas del cargador con un movimiento pendular de derecha a izquierda, con un resultado estremecedor: Federico Ponce, Evangelina Miranda y Sandra Nuñez murieron. Pablo Saldías, Rodrigo Torres, Natalia Salomón, Nicolás Leonardi y Cintia Casasola sufrieron heridas graves.
En el cara a cara con la jueza de la causa confesó algo estremecedor, y fue que “Desde 7º grado que pensaba en hacer algo así”.